¿Ser mujer=Ser mamá?

Por Karla Muñoz

¿En qué momento la maternidad se apodera del espíritu de una mujer? 

Rosario Castellanos, lo plasmó antes de que se comenzará a hablar abiertamente sobre la otra cara de la maternidad, aquella que muchas sienten y pocas se atreven a expresarlo. Nuestra sociedad ha encasillado a la mujer en una maternidad casi divina, que aguanta y sacrifica todo, aquella que da un amor eterno y absoluto.

¿Pero qué pasa con la mujer y la maternidad? ¿En qué momento el ser madre te anula de ser alguien? ¿En qué momento la maternidad se apodera del espíritu de una mujer? 

Y no, estas palabras no buscan desacreditar la importancia de las madres, al contrario. Queremos reconocer por todo lo que pasan las mujeres, esa apabullante presión de la perfección, aquella que ataca como un virus 24/7.

Y es que la maternidad debe incluir la consciencia colectiva que no todo será perfecto ni inmaculado, porque simplemente nadie lo es.

De aquí la importancia de una maternidad deseada, pues es un proyecto de vida, en el cual se debe de reconocer la individualidad de cada ser, sin anular ningún sentimiento, ningún proyecto. Por décadas la sociedad ha buscado retratar la maternidad como el fin y objetivo de todas las mujeres, pues “que más pueden pedir que tener el privilegio de ser madres«

Y aunque yo no soy madre, como hija y mujer en proceso de deconstrucción, reconozco esa nube de perfección que envuelva a las madres, en las que para ser reconocida y admirada, debes de ser perfecta en todos los ámbitos de la maternidad, sin descuidar absolutamente ningún detalle de tu vida. Ese deber ser «todo» para tus hijos y viceversa, impuesto por el patriarcado, tristemente provoca la pérdida de la individualidad.

He visto madres hundidas en angustia al no poder encontrar los equilibrios entre la maternidad y su individualidad. Por siglos se les ha dejado a las mujeres el trabajo de cuidar, de educar y suprimir sus propias vidas por mantener la unión de una familia, el éxito de sus hijos. Y bueno, si hablamos con las cifras de Latinoamérica, donde hay muchos hogares solo con figura materna, podemos cuantificar la responsabilidad extra le estamos dejando a las mujeres.

Esta idea romantizada que si te convertiste en madre, tu prioridad siempre tendrán que ser los demás, hace que muchas mujeres dejen de lado sus propias necesidades y metas. Y es por esto, que a pesar de no ser madre, reconozco por todo lo que han pasado mis abuelas, tías, primas, amigas y claro, mi mamá.

¿Cuántas veces no se les ha juzgado por tener una pizca de egoísmo y ponerse ellas en primer plano? ¿Qué tan mal visto sigue siendo que las mujeres dejen a sus hijos al cuidado de otro para salir a divertirse? ¿Cuánta culpa cargan a diario las madres que trabajan y tienen ambiciones profesionales?

Estamos en 2022 y seguimos viendo y compartiendo en nuestras redes, memes que ridiculizan a «mamás luchonas» que quiere salir de fiesta. Chistes que siguen perpetuando la idea que una vez que te conviertes en mamá, debes olvidarte de ser persona. ¡Qué locura!

El ser madre no debería de ser sinónimo de sumisión o entrega absoluta, ser madre, para quien decida serlo, debe de ser una experiencia sin presiones absurdas de perfección. Y por eso, para las que no son madres como yo, las invito a que reflexionemos acerca de nuestros comentarios hacia las mamás, pues no sabemos si por alguno de ellos podemos lastimar a una mujer que hace lo que ella siente correcto para criar a sus hijos.

No nos volvamos un peso más, No nos convirtamos en juezas de una historia de la que no nos corresponde opinar. Seamos conscientes del trabajo y esfuerzo que significa guiar la vida de un nuevo ser y transmitamos con nuestras acciones apoyo, sororidad y sobre todo compañía.

Y lo más importante, más que un día para “celebrarlas” brindémosles una vida entera para acompañarlas en el camino que eligieron.

«Como todos los huéspedes mi hijo me estorba
ocupando un lugar que era mi lugar,
existiendo a deshora,
haciéndome partir en dos cada bocado.

Fea, enferma, aburrida
lo sentía crecer a mis expensas,
robarle su color a mi sangre, añadir
un peso y un volumen clandestinos
a mi modo de estar sobre la tierra.

Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso;
darle un sitio en el mundo,
la provisión de tiempo necesaria a su historia.

Consentí. Y por la herida en que partió, por esa
hemorragia de su desprendimiento
se fue también lo último que tuve
de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.

Quedé abierta, ofrecida
a las visitaciones, al viento, a la presencia».

Rosario Castellanos
Se habla de Gabriel 1972

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